Correr descalzo: resto de la segunda semana

El resto de la semana, salvo un día en que llovía un poco he aumentado la distancia muy ligeramente hasta los 2 Km y medio.

Ese día había charcos por todas partes y el frío se notaba mucho más con el suelo mojado, no húmedo como otras veces. Y entre el frío y el agua del suelo los pies han sufrido mucho. Supongo que más a causa del agua que del frío, porque otros días la temperatura era menor y no tuve estos problemas. El caso es que el cemento rugoso ha empezado a molestarme a menos de un kilómetro de casa durante el camino de vuelta, es decir, tras correr un kilómetro o kilómetro y medio, y he dado una vuelta por detrás del museo para acortar camino. Así, además de ahorrar unos metros, iba pisando aceras más suaves que el cemento del paseo.

También he probado a variar un poco el circuito habitual. Resulta que se me ocurrió salir del cemento de las aceras y el paseo y darme una vuelta por el parque. Mala idea. Llevo muy poco tiempo corriendo descalzo y , de momento, la gravilla de las sendas de los parques es demasiado agresiva. Se juntaba, además, el suelo mojado y los pies fríos. Al final me he limitado a la hierba y entre los dos trozos de hierba que me permitirían salir del parque y volver a la acera he pasado andando. Eso sí, la hierba es toda una sensación, y más si está húmeda. En una zona el terreno estaba encharcado y he disfrutado como un gorrino en una charca.

También he tenido que prestar mucha atención a la pisada. Estaba empezando a relajarme y golpear fuerte con las plantas de los pies en el suelo. Lo que hice fue concentrarme en doblar un poco más las rodillas y «sujetar» los talones después de pisar con el antepié, de manera que toquen el suelo y se apoyen, pero que no golpeen con fuerza. Además, me he dado cuenta, cuando casi resbalo en un paso de cebra, de que voy lanzando los pies hacia adelante y frenando la zancada, ¿me explico? He prestado atención a pisar debajo del cuerpo y correr como sobre brasas ardientes (eso lo he leído en algún lado) y resulta que así lo más difícil es correr despacio. Bajar el ritmo corriendo así me da una sensación horrible de ser poco menos que ridículo, de correr estilo pasillo del asilo. Afortunadamente, a las horas a las que estas cosas suceden, alrededor de las 6 y media de la mañana, no hay nadie que me vea así que tengo libertad total.

Otra cosa chula que me ha pasado esta semana es que uno de los días me encontré con una brisa fría frontal en el camino de ida. En el camino de vuelta, por lo tanto, era brisa a favor. El acompañar al viento es una sensación estupenda, iba corriendo en completo silencio, sin más sonidos que mi propia respiración.

Al día siguiente, junto al mar, hubo viento fuerte en contra y pese al ritmo caracólico y las buenas sensaciones anteriores me cansé bastante. Y en una rampa muy intensa que hay para subir desde el mirador de nuevo a la calle tuve que subir andando. Mi forma física es deplorable, pero los pies responden bien y las piernas poco a poco se van desentumeciendo. Lo único que no acompaña como debiera es la espalda.

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